Miedo al aumento de pulsaciones
Notas que el corazón late más deprisa y empiezas a preguntarte si ese ritmo es normal, excesivo o peligroso.
Empiezas a moverte, aumentan las pulsaciones y la respiración se acelera. Aunque estos cambios pueden formar parte del esfuerzo, tu atención se queda atrapada en ellos y aparece el miedo a desmayarte, sufrir un problema cardíaco o tener un ataque de ansiedad.
Ambos pueden aumentar el ritmo cardíaco, la respiración, el calor y la sudoración. Si ya temes estas sensaciones, el cuerpo puede estar funcionando con normalidad y, aun así, tu cerebro interpretarlo como una amenaza.
Una distinción importante
Que la ansiedad pueda explicar una sensación no permite asumir que siempre sea su causa. Los síntomas nuevos o preocupantes necesitan valoración sanitaria.
Señales frecuentes
El miedo puede empezar antes de entrenar, al imaginar las sensaciones que aparecerán, o surgir cuando percibes el primer cambio en las pulsaciones o la respiración.
A partir de ese momento, parte de tu atención deja de estar en la actividad y comienza a vigilar el cuerpo para detectar si algo está yendo mal.
Notas que el corazón late más deprisa y empiezas a preguntarte si ese ritmo es normal, excesivo o peligroso.
La respiración se acelera por el esfuerzo, pero puedes interpretarla como una señal de que te vas a ahogar o perder el control.
El calor, la fatiga, la respiración rápida o los cambios de postura pueden hacerte sentir extraño y aumentar la vigilancia.
Una palpitación, una molestia muscular o la presión del esfuerzo pueden hacerte pensar que estás sufriendo algo grave.
Paras repetidamente para medir el pulso, revisar cómo respiras o comprobar si la sensación desaparece.
Reduces la intensidad, evitas entrenar a solas o abandonas actividades que antes realizabas por miedo a encontrarte mal.
La respuesta al esfuerzo
Al hacer ejercicio, el organismo se adapta para responder a una mayor demanda. Conocer estos cambios puede ayudarte a no interpretar automáticamente cualquier activación como una emergencia.
Los músculos necesitan recibir más oxígeno y el corazón aumenta su ritmo para responder a la demanda del ejercicio.
Respirar más rápido y profundamente permite aumentar la entrada de oxígeno y eliminar el dióxido de carbono.
El organismo necesita regular la temperatura que se eleva durante la actividad física.
La sensación de esfuerzo, el temblor muscular o la fatiga pueden formar parte de la demanda física realizada.
El problema no siempre es la intensidad de la sensación, sino el significado que adquiere. Un corazón acelerado puede representar esfuerzo para una persona y peligro inminente para otra.
Comprender el miedo
Normalmente intervienen la interpretación de las sensaciones, experiencias anteriores y las estrategias utilizadas para sentirte a salvo.
Si relacionas las palpitaciones, el mareo o la falta de aire con algo peligroso, el ejercicio puede parecer una amenaza aunque los cambios procedan del esfuerzo.
El ejercicio produce sensaciones parecidas a algunas de un ataque de ansiedad. Esa similitud puede activar el recuerdo y el miedo a que vuelva a ocurrir.
La preocupación por el corazón, la respiración o una posible enfermedad puede convertir cualquier cambio corporal en una prueba que necesitas interpretar.
Cuanto más observas cada latido, respiración o cambio de temperatura, más intensas y extrañas pueden parecer las sensaciones.
Después de un periodo de inactividad, el cuerpo puede responder con mayor fatiga y activación ante esfuerzos que antes tolerabas mejor.
Entrenar solo, alejarte de casa o no tener una salida inmediata puede aumentar la sensación de vulnerabilidad.
El ciclo del miedo
Cuando interpretas la activación normal como peligrosa, aparece una segunda activación provocada por la ansiedad. Esto hace que las sensaciones parezcan confirmar tu temor.
Aumentan las pulsaciones, la respiración, el calor corporal y la tensión muscular.
Centras la atención en un latido, un mareo, el cansancio o una respiración más intensa.
Piensas que podrías desmayarte, sufrir un problema cardíaco o perder el control.
Interrumpes el ejercicio, vigilas el cuerpo o buscas una explicación que te tranquilice.
Conductas de seguridad
Parar, medir y evitar reduce momentáneamente la incertidumbre. Cuando se convierte en la única forma de entrenar, puede reforzar la idea de que las sensaciones eran realmente peligrosas.
Medir continuamente el pulso con el reloj o con los dedos.
Detenerte ante cualquier cambio corporal, aunque sea leve.
Entrenar únicamente cerca de una salida o de un centro sanitario.
Necesitar que otra persona esté presente para poder hacer ejercicio.
Buscar en internet si cada sensación puede ser peligrosa.
Evitar elevar las pulsaciones por encima de una cifra concreta.
Comparar constantemente tu respiración con la de otras personas.
Abandonar el ejercicio antes de comprobar si el cuerpo se adapta.
Recuperar la actividad
El objetivo no consiste en ignorar señales importantes ni en obligarte a soportar cualquier síntoma. Se trata de diferenciar el cuidado razonable de la vigilancia constante y recuperar progresivamente la confianza.
No necesitas sentir el cuerpo completamente en calma para empezar a moverte. El ejercicio implica activación; el trabajo está en aprender a interpretarla y responder a ella con mayor precisión.
Si las sensaciones son nuevas, intensas, aparecen con esfuerzos pequeños o tienes antecedentes o factores de riesgo, consulta con un profesional sanitario antes de atribuirlas a la ansiedad o retomar una actividad exigente.
Una progresión gradual puede ayudarte a recuperar condición física y a conocer cómo responde tu cuerpo. No necesitas empezar demostrando que puedes tolerar el máximo esfuerzo.
Que una sensación sea intensa o desagradable no demuestra por sí mismo que sea peligrosa. Durante el ejercicio es esperable notar cambios en el corazón, la respiración, la temperatura y los músculos.
Consultar el reloj cada pocos segundos mantiene la atención fijada en el cuerpo. Si no existe una indicación médica para hacerlo, puedes ampliar poco a poco el tiempo entre comprobaciones.
Esperar a que desaparezca por completo la ansiedad antes de moverte puede reforzar la idea de que no puedes hacer ejercicio mientras estás activado.
Cuando sea seguro hacerlo, intenta no abandonar automáticamente ante la primera sensación incómoda. Reducir ligeramente el ritmo puede permitirte comprobar cómo el cuerpo se regula.
El calor, la deshidratación, la falta de descanso, entrenar en ayunas o consumir mucha cafeína pueden intensificar sensaciones que después interpretas como ansiedad.
Pregúntate si temes un infarto, desmayarte, ahogarte, tener un ataque de pánico o no recibir ayuda. Cada temor requiere una comprensión y un abordaje diferentes.
No asumas que un síntoma se debe a la ansiedad únicamente porque ya la hayas experimentado antes. Detén la actividad y solicita valoración sanitaria si aparecen señales como:
Ante una posible emergencia, contacta con el 112. Este contenido es informativo y no sustituye una evaluación médica individual.
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Orientaciones para responder a una activación física intensa sin entrar en una lucha constante.
Terapia psicológica
Puede ser útil pedir ayuda si has abandonado el ejercicio, evitas cualquier actividad que aumente tus pulsaciones, necesitas comprobar constantemente el cuerpo o el miedo se está extendiendo a subir escaleras, caminar deprisa, mantener relaciones sexuales o realizar otras actividades cotidianas.
En terapia podemos trabajar el miedo a las sensaciones físicas, la ansiedad por la salud, la anticipación y las conductas de comprobación y evitación que mantienen el problema.
Ofrezco terapia presencial en Torrelodones y Collado Villalba, además de terapia online.
Solicitar una primera citaPreguntas frecuentes
El ejercicio aumenta de forma natural las pulsaciones, la respiración, el calor y la tensión muscular. Si interpretas estas sensaciones como señales de peligro, pueden activar miedo y generar todavía más síntomas de ansiedad.
Las sensaciones producidas por el esfuerzo pueden parecerse a las de un ataque de ansiedad y actuar como desencadenante en personas que las temen. Esto no significa que hacer ejercicio sea necesariamente peligroso, pero conviene valorar médicamente cualquier síntoma nuevo o preocupante.
No es posible distinguirlo con seguridad únicamente por cómo se siente. Aunque la ansiedad puede producir palpitaciones, presión y falta de aire, los síntomas nuevos, intensos, persistentes o relacionados claramente con el esfuerzo deben ser valorados por un profesional sanitario.
Puede relacionarse con la intensidad, el calor, la hidratación, la respiración, cambios posturales, falta de alimentación o diferentes causas médicas. Si el mareo es intenso, se repite o se acompaña de desmayo, dolor torácico o falta de aire importante, interrumpe la actividad y solicita valoración.
El ritmo cardíaco aumenta para responder a la demanda del ejercicio. La cifra esperable depende de la edad, la condición física, la intensidad, la medicación y la salud de cada persona. Un profesional sanitario puede orientarte si tienes dudas sobre tus límites.
No necesariamente. La actividad física puede formar parte de una vida saludable, pero la intensidad debe adaptarse a tu situación. Si has dejado de entrenar por miedo o presentas síntomas preocupantes, es recomendable obtener orientación sanitaria y psicológica.
Puede aparecer el temor a sufrir síntomas y no recibir ayuda, no poder escapar o perder el control delante de nadie. Entrenar siempre acompañado puede aliviarte, pero también reforzar la idea de que no podrías afrontar esas sensaciones por ti mismo.
En terapia puede trabajarse el miedo a determinadas sensaciones mediante ejercicios planificados y adaptados, después de comprobar que son adecuados para la persona. No conviene realizar exposiciones físicas intensas por cuenta propia si existe alguna duda médica.
Puede ser recomendable si has abandonado el ejercicio, vigilas constantemente el cuerpo, necesitas acompañamiento para entrenar o el miedo a las sensaciones físicas está limitando otras actividades cotidianas.