La incertidumbre forma parte de cualquier decisión, relación, sensación corporal o proyecto. Incluso cuando disponemos de mucha información, rara vez podemos garantizar por completo lo que ocurrirá.
Cuando te cuesta tolerarla, una duda pequeña puede sentirse como un problema urgente que debes resolver. Tu mente empieza a imaginar escenarios, revisar posibilidades y buscar la respuesta que elimine definitivamente el riesgo.
Es posible que consultes repetidamente Internet, preguntes a otras personas, repases conversaciones, compruebes síntomas o pospongas decisiones hasta sentirte completamente seguro.
Estas conductas pueden aliviarte durante unos minutos, pero también enseñan a tu cerebro que no puedes soportar una duda sin resolverla. Cuando aparece una nueva incertidumbre, necesitas volver a comprobar o pedir seguridad.
Tolerar la incertidumbre no implica pensar positivamente, ignorar los riesgos ni dejar de planificar. Consiste en diferenciar lo que puedes atender razonablemente de aquello que intentas controlar para no sentir ninguna duda.
El objetivo no es dejar de sentir inquietud. Es comprobar gradualmente que puedes tomar decisiones, continuar con tus actividades y afrontar lo que ocurra aunque no dispongas de una garantía absoluta.