Deja de exigirte dormir inmediatamente
Sustituye «tengo que dormirme ya» por «voy a permitir que mi cuerpo descanse». Dormir puede llegar como consecuencia del descanso, pero no responde bien a las órdenes.
Ansiedad nocturna, insomnio y descanso
Estás cansado y quieres dormir, pero tu mente sigue repasando preocupaciones, tu cuerpo permanece activado o empiezas a vigilar cuánto tiempo queda para levantarte. Cuanto más intentas obligarte a dormir, más difícil parece conseguirlo.
Antes de empezar
La ansiedad puede dificultar el sueño aunque estés agotado. Al reducirse las distracciones del día, puedes prestar más atención a tus preocupaciones, pensamientos y sensaciones corporales.
También puede ocurrir que el momento de acostarte se haya convertido en una prueba. Empiezas a calcular cuánto tardarás en dormirte, cuántas horas te quedan o cómo te encontrarás al día siguiente. Esa vigilancia aumenta la presión y mantiene al cerebro despierto.
Cuando temes no dormir, el cuerpo puede responder como si hubiera un problema que resolver. Aparecen tensión, inquietud, palpitaciones, respiración acelerada o una sensación de alerta incompatible con la tranquilidad que esperabas sentir.
Intentar dejar la mente completamente en blanco, comprobar continuamente la hora o permanecer en la cama esforzándote por dormir puede aumentar todavía más la frustración.
El objetivo inmediato no debe ser garantizar que dormirás enseguida. Resulta más útil reducir la lucha, favorecer unas condiciones de descanso y permitir que el sueño aparezca sin convertirlo en una obligación.
Primeros pasos
Estos pasos pueden ayudarte a reducir la presión y responder de una manera diferente a la activación nocturna.
Sustituye «tengo que dormirme ya» por «voy a permitir que mi cuerpo descanse». Dormir puede llegar como consecuencia del descanso, pero no responde bien a las órdenes.
Mirar continuamente el reloj puede activar cálculos sobre las horas que quedan y aumentar el miedo al día siguiente. Coloca el móvil o el reloj fuera de tu campo de visión.
Utiliza una luz tenue y evita noticias, trabajo, discusiones, vídeos intensos o contenidos que te mantengan pendiente de la pantalla.
Afloja conscientemente la mandíbula, los hombros, las manos y el abdomen. No necesitas sentirte completamente relajado para poder dormir.
Respira sin llenar los pulmones a la fuerza y permite que la salida del aire sea ligeramente más lenta. Si concentrarte en la respiración te incomoda, dirige la atención a los puntos de apoyo del cuerpo.
Si llevas un rato despierto y cada vez estás más nervioso, levántate y realiza una actividad tranquila con poca luz. Regresa cuando notes somnolencia, sin comprobar constantemente los minutos.
Comprender el ciclo
El miedo a no descansar puede crear un círculo en el que la propia preocupación por dormir mantiene la activación.
Al desaparecer las actividades del día, prestas más atención a tus pensamientos y sensaciones.
Interpretas la falta de sueño inmediata como una señal de que volverás a pasar una mala noche.
Piensas que mañana no podrás trabajar, concentrarte, conducir, cuidar de tus responsabilidades o controlar la ansiedad.
Buscas la postura perfecta, controlas la respiración, compruebas la hora o te esfuerzas por dejar la mente en blanco.
La presión, la vigilancia y la frustración hacen que el cuerpo permanezca todavía más despierto.
Después de varias noches, acercarse a la hora de dormir puede activar ansiedad incluso antes de acostarte.
Estas respuestas son comprensibles, pero pueden aumentar la presión por dormir o mantener al cerebro en estado de vigilancia.
Mirar la hora cada pocos minutos para calcular cuánto podrás dormir.
Buscar en Internet las consecuencias de no dormir.
Intentar obligarte a dejar la mente completamente en blanco.
Cambiar continuamente de técnica porque ninguna te duerme de inmediato.
Permanecer durante mucho tiempo en la cama sintiéndote cada vez más frustrado.
Trabajar, estudiar o resolver problemas pendientes desde la cama.
Utilizar alcohol para intentar quedarte dormido.
Consumir cafeína, bebidas energéticas o nicotina durante las últimas horas del día.
Compensar cada mala noche permaneciendo muchas horas adicionales en la cama.
Cancelar automáticamente todas las actividades del día siguiente por miedo al cansancio.
Ejercicio práctico
No pretende eliminar todos tus pensamientos, sino darles un lugar fuera del momento de dormir.
Antes de acostarte, utiliza una hoja de papel o una nota que no requiera seguir mirando el móvil.
Escribe brevemente las preocupaciones que están ocupando tu mente.
Separa los problemas sobre los que puedes actuar de las situaciones que no puedes resolver esta noche.
Para cada problema que dependa de ti, anota un único siguiente paso concreto.
Asigna a ese paso un momento aproximado del día siguiente.
Para lo que no puedas resolver ahora, escribe: «No necesito solucionar esto desde la cama».
Guarda la nota y comienza una actividad tranquila que marque la transición hacia el descanso.
Si la preocupación vuelve, recuérdate que ya está anotada y que podrás atenderla en el momento establecido.
A medio plazo
Dormir mejor suele depender más de unos hábitos consistentes que de encontrar una técnica capaz de eliminar la ansiedad en una sola noche.
Intenta comenzar el día aproximadamente a la misma hora, incluso después de una noche peor. Esto ayuda a regular progresivamente el ritmo de sueño.
Salir al exterior o exponerte a luz natural durante las primeras horas del día puede ayudar a sincronizar el reloj interno.
Dedica durante la tarde unos minutos a escribir preocupaciones y posibles acciones. Así reduces la necesidad de resolverlas al acostarte.
Reduce gradualmente el trabajo, la iluminación y la estimulación. El cuerpo necesita señales repetidas de que el periodo de actividad está terminando.
Evita convertirla en un lugar habitual para trabajar, comer, discutir, consultar redes sociales o pasar largos periodos despierto.
Observa cómo afectan a tu sueño el café, el té, las bebidas energéticas, la nicotina y algunos suplementos, especialmente si los consumes por la tarde.
El movimiento regular puede favorecer el descanso y reducir la activación acumulada. Adapta el horario y la intensidad a cómo responde tu cuerpo.
Valora si ha disminuido la lucha con el sueño, si compruebas menos la hora o si mantienes mejor tus rutinas, no solo cuántos minutos tardaste en dormirte.
El insomnio también puede relacionarse con dolor, medicación, consumo de sustancias, alteraciones hormonales, apnea del sueño, síndrome de piernas inquietas u otros problemas de salud. Consulta con un profesional sanitario si los problemas persisten, si roncas intensamente, presentas pausas respiratorias, te quedas dormido involuntariamente durante el día o el cansancio compromete tu seguridad. Evita conducir si sientes que podrías quedarte dormido.
Puede ser recomendable consultar si la dificultad para dormir se repite durante semanas, afecta a tu funcionamiento diario o hace que empieces a temer cada noche antes de acostarte.
También conviene pedir ayuda si modificas continuamente tus rutinas, cancelas actividades, dependes de sustancias para dormir o pasas gran parte del día preocupado por el descanso.
En terapia se puede trabajar la ansiedad anticipatoria relacionada con el sueño, la preocupación repetitiva, la vigilancia de las sensaciones y los hábitos que mantienen el insomnio.
Si tienes pensamientos sobre hacerte daño, sientes que no puedes mantenerte a salvo o existe una emergencia, solicita ayuda inmediata llamando al 112 o acudiendo al servicio de urgencias más cercano.
Recursos relacionados
Comprende por qué puedes sentirte cansado y, aun así, permanecer despierto cuando llega la noche.
Descubre por qué la activación puede aparecer durante la noche o nada más despertarte.
Explora por qué puedes levantarte sin sensación de descanso aunque hayas pasado horas en la cama.
Comprende por qué la mente puede permanecer activa cuando intentas desconectar.
Conoce los factores que pueden hacer que la ansiedad se perciba con mayor intensidad al final del día.
Evalúa de forma orientativa la intensidad y el impacto de tus dificultades para dormir.
Preguntas frecuentes
Intentar dormir rápidamente suele aumentar la presión y la vigilancia. Resulta más útil reducir la estimulación, evitar comprobar la hora y permitir que el cuerpo descanse sin exigir que el sueño aparezca inmediatamente.
El cansancio y la activación pueden coexistir. Puedes sentir agotamiento mientras el sistema nervioso permanece alerta debido a preocupaciones, vigilancia corporal o miedo a no poder dormir.
Anota antes de acostarte las preocupaciones y un siguiente paso para aquellas que puedas resolver. Cuando aparezcan en la cama, recuerda que ya están registradas y vuelve suavemente a una referencia neutral.
Si permanecer en la cama aumenta la frustración y la activación, puede resultar útil levantarte y realizar una actividad tranquila con poca luz. Regresa cuando notes somnolencia.
La luz, la estimulación y el contenido del móvil pueden mantenerte más despierto. Además, comprobar la hora o buscar información sobre el insomnio puede aumentar la preocupación.
Una mala noche puede provocar cansancio, irritabilidad y dificultades de concentración, pero anticipar consecuencias catastróficas suele aumentar la ansiedad. Si la somnolencia compromete tu seguridad, evita conducir y otras actividades de riesgo.
Después de varias noches difíciles, el cerebro puede asociar la cama y la noche con esfuerzo, frustración y miedo a no descansar. Esa anticipación puede activar el cuerpo antes de acostarte.
Cuando el problema se mantiene durante semanas, afecta a tu vida cotidiana, provoca miedo intenso a la noche o te lleva a depender de sustancias, comprobaciones y rutinas cada vez más rígidas.
Pablo de Lucas González ofrece terapia psicológica presencial en Collado Villalba y terapia online para trabajar ansiedad nocturna, preocupación repetitiva, miedo a no dormir e insomnio relacionado con la activación emocional.